Dic 3

Para un currículo de educación en valores – Parte 1

Escrito por Oku 3 Diciembre, 2018

Josep María Puig Rovira
Xus Martín García

Los retos en educación hoy por hoy son cada vez más grandes. El avance de la tecnología, el rescate de muchos valores perdidos, los problemas del posconflicto que estamos viviendo, la violencia que aún nos acongoja, hacen que las instituciones educativas estén repensando cada día la forma de enfocarse en una formación en valores realmente duradera, tanto para el presente como para el futuro. En nuestros niños está la esperanza del cambio, de aprender a aceptarnos tal como somos, de construir un país basado en la paz, el respeto, la tolerancia, la inclusión… y esta tarea muchas veces está en manos de nuestros docentes, desde los de primera infancia, hasta los de educación superior. Los docentes, pieza fundamental y complementaria de la educación que reciben nuestros niños en sus hogares, son muchas veces los llamados a organizar los currículos en los cuales se pueda evidenciar un trabajo verdaderamente enfocado a formar en valores desde el ejemplo, la experiencia y la realidad. No es una tarea fácil, pero tampoco es imposible. En la medida que estemos convencidos de que antes de preocuparnos de que nuestros estudiantes adquieran grandes conocimientos, debemos formar seres humanos con grandes valores, estaremos realmente educando en el buen sentido de la palabra.

Por lo anterior y con el ánimo de ofrecer a estos docentes una visión más amplia de lo que implica un currículo para la educación en valores, nos permitimos tomar, parafrasear y resumir el artículo Para un currículum de educación en valores, en el cual se encuentran una serie de reflexiones entorno a esta temática que tanto nos preocupa y ocupa en la actualidad, y que no se alejan de nuestra realidad. En este aparte presentaremos la primera parte de nuestro resumen.

Los docentes, pieza fundamental y complementaria de la educación

Primera parte

Vale aclarar, de acuerdo con los autores, que al hablar de educación en valores se incluye un núcleo temático común por lo cual su contenido es útil para cualquiera de ellos: educación para la ciudadanía, educación para los derechos humanos, educación democrática, educación ética o educación moral. Aunque cada uno de ellos no se enfocan exactamente en lo mismo, sí coinciden en gran medida en las problemáticas que plantean y en el modo cómo deberían manejarse en el aula.

La educación en valores no parte de una verdad segura desde la cual derivar cómo debe ser la vida de cada individuo y del conjunto de la sociedad. Tampoco parte de algún saber científico que limite algunos de sus elementos parciales la complejidad del aprendizaje de los valores. La educación en valores no necesita buscar ninguna seguridad para construirse, necesita en cambio prestar toda la atención posible a las situaciones concretas de la vida. Dicho de otro modo, debemos pensar la educación en valores desde la actualidad, preguntándonos por lo que pasa y por lo que nos pasa (Foucault, 1985). Debemos mirar el aquí y el ahora, siendo sensible a las dificultades e injusticias que plantee, pero también detectando todos aquellos aspectos de la realidad que funcionan correctamente y conviene preservar. La educación en valores comienza interrogando el mundo de la vida que nos acoge: mirando y valorando la actualidad de la vida y de nuestra vida para trazar un recorrido propio y apropiado.

Nacemos inacabados, programados solo en parte y muy plásticos y adaptables. Por otra parte, la sociedad nos recibe con un alto grado de normatividad, pero en ningún caso puede -y quizás tampoco quiere- borrar la capacidad de indignación cívica y moral. Ayudados con la fuerza de nuestra inteligencia, hemos de pensar e ir dando respuestas a una pregunta fundamental: ¿cómo vivir bien aquí y ahora? Preguntas que no tienen respuestas preparadas.

El proceso de búsqueda de respuestas moviliza las capacidades de la inteligencia moral de cada sujeto, pero también nos moviliza colectivamente al conectar cada una de las inteligencias singulares en un proceso complejo de deliberación. No tendremos una respuesta cabal sin el juego siempre individual y colectivo de la inteligencia moral.

mujer afroamericana frente a un tablero con intensión de escribir
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El juego de la inteligencia moral en busca del mejor modo de vivir nos conduce a un aprendizaje que aborda las principales dimensiones de la experiencia humana: ser uno mismo, convivir, participar y habitar el mundo (Delors, 1996; Jonas, 1995; Morin, 2004).

En cierta forma, podemos decir con Piaget (1971) que la educación moral recorre una etapa de heteronomía en la que los jóvenes reciben las normas de la sociedad que les acoge, para luego ir transitando hacia una segunda etapa en la que son capaces de darse a sí mismo normas morales y conducirse, por lo tanto, de manera autónoma. Es decir, pasan de un momento de inmadurez moral a otro de madurez en el cual pueden discriminar entre las normas que consideran que deben aceptar y las normas que se esfuerzan por cambiar, o incluso en detectar los ámbitos para los que es preciso inventar nuevas normas morales.

La educación en valores prepara para un trayecto vital que a cada paso nos interroga sobre cómo vivir correctamente. Pero para poder responder a este interrogante perpetuo contamos con dos ayudas fundamentales: el mapa y la brújula, como suele ocurrir en todos los viajes complicados (Cortina, 2001). El mapa nos indica los caminos conocidos, los caminos que se han ido marcando por el uso y el acierto. Son caminos que en principio no conviene olvidar. Pero los trayectos interesantes, como la vida, también incluyen etapas para las que no tenemos ningún mapa previo o incluso momento en los que deseamos decidir hacia donde nos vamos a dirigir. En estas situaciones debemos ayudarnos de una brújula que nos marca la dirección, aunque no el recorrido.

Si la educación en valores es una preparación para recorrer el trayecto vital en busca de un buen modo de vivir, decidiendo entre la opción heterónoma del mapa o la opción autónoma de la brújula, es imprescindible ofrecer al alumnado propuestas formativas acordes con cada una de estas dos opciones. Nadie logra aprender a conducirse moralmente sin la oportunidad de vivir experiencias formativas que refuercen la adquisición de normas morales, que inviten a su transformación o que dispongan al alumnado para la invención de nuevas posibilidades.

Acá vale la pena reflexionar en el hecho, de que las instituciones educativas, los maestros, son muchas veces el mapa y la brújula. El mapa por cuanto son los encargados de mostrar a sus alumnos el camino, el trayecto recorrido; y la brújula, porque deben desarrollar en ellos la habilidad de ser autónomos en la búsqueda de nuevos trayectos. De esta manera, estarán formando ciudadanos de bien, capaces de seguir el camino trazado, el buen ejemplo; y capaces de crear nuevos caminos. Elaborar currículos en los que se marquen claramente el mapa y la brújula, nos conducirá a contar con ciudadanos realmente comprometidos con el país, desde cualquier ámbito en el que se encuentren; comprometidos con el cambio en beneficio de todos, para que las futuras generaciones encuentren un lugar donde se pueda vivir realmente en paz.

Te invitamos a ingresar al siguiente link, en el que encuentras el artículo completo.

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